Niño triste mirando detrás de unas rejas de madera

El domingo que nadie esperaba

Era un domingo como tantos otros.

Las risas de los niños llenaban los pasillos mientras los padres conversaban al finalizar el culto. Los voluntarios organizaban las aulas infantiles, los ujieres saludaban a quienes llegaban por primera vez y el pastor, satisfecho, observaba cómo la iglesia seguía creciendo.

Era una iglesia unida.

Comprometida.

Con buenos líderes.

Con personas de oración.

Si alguien hubiera preguntado aquel día si era una iglesia segura, probablemente todos habrían respondido lo mismo:

—Claro que sí.

Porque nunca había ocurrido nada.

O, al menos, eso pensaban.

Todo cambió unas semanas después.

Una conversación inesperada obligó a detener la rutina. Una familia pidió hablar con el pastor. Un niño había contado algo que nadie quería escuchar.

El silencio invadió la sala.

No había un protocolo.

Nadie sabía quién debía intervenir primero.

Los voluntarios nunca habían recibido formación sobre cómo actuar.

Algunos aconsejaban guardar discreción. Otros querían resolverlo internamente. Había quienes pensaban que quizá todo era un malentendido y que lo mejor era esperar.

No faltaban personas con buena voluntad.

Lo que faltaba era preparación.

Y, cuando una iglesia no está preparada, cada minuto de duda puede aumentar el sufrimiento de quienes más necesitan ser protegidos.

Aquella situación dejó una enseñanza que nunca olvidaron.

Comprendieron que una iglesia segura no es aquella donde nunca ha ocurrido un problema.

Es aquella que ha decidido prepararse antes de que ocurra.

Porque la prevención no nace del miedo.

Nace del amor.

Del amor por los niños.

Por los adolescentes.

Por las familias.

Por los voluntarios que sirven con fidelidad.

Y también por el testimonio de la propia iglesia.

Proteger a los más vulnerables no es únicamente una responsabilidad legal. Es una responsabilidad espiritual, pastoral y ética. Es una expresión concreta del llamado de Cristo a cuidar de quienes Él puso bajo nuestro cuidado.

Quizá tu iglesia también sea una comunidad comprometida, llena de personas íntegras y con un profundo deseo de servir a Dios.

Pero la verdadera pregunta no es si confiamos en quienes sirven.

La verdadera pregunta es si hemos hecho todo lo necesario para proteger a quienes más lo necesitan.

Por eso vale la pena detenerse unos minutos y reflexionar.

  • ¿Está realmente preparada tu iglesia para prevenir situaciones de abuso?
  • ¿Existe un protocolo claro para actuar si alguna vez surge una denuncia o una sospecha?
  • ¿Los voluntarios reciben formación específica sobre protección de menores y personas vulnerables?
  • ¿Sabrían los líderes cómo responder de manera responsable, segura y conforme a la ley?
  • ¿Las familias pueden confiar en que la iglesia ha tomado todas las medidas posibles para crear un entorno seguro?

La mayoría de las iglesias creen que están preparadas… hasta que aparece un caso.

La prevención comienza mucho antes del primer incidente.

Comienza cuando una iglesia decide que proteger a las personas más vulnerables no será una reacción ante una crisis, sino una convicción que forma parte de su manera de servir a Dios.

Por: Instituto INFFA

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