«Yo solo quiero ayudar.»
Es una de las frases más bonitas que podemos escuchar.
Y también una de las que más necesitan algo detrás:
preparación.
Porque querer ayudar puede llevarnos a acercarnos a una persona que está sufriendo.
Pero no siempre nos enseña qué hacer cuando empieza a llorar.
No nos explica cómo responder cuando aparece la culpa.
No nos prepara para escuchar:
«Ya no sé quién soy.»
«Estoy enfadado con Dios.»
«No sé cómo decírselo a mis hijos.»
«No sé si algún día podré volver a confiar.»
Y entonces descubrimos algo importante:
escuchar no siempre es acompañar.
Acompañar implica comprender.
Implica saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.
Implica reconocer las emociones sin alimentarlas.
Implica respetar los tiempos del duelo.
Implica saber diferenciar entre una necesidad espiritual, emocional, familiar o psicológica.
Y también implica reconocer nuestros propios límites.
Porque ayudar no significa tener todas las respuestas.
Significa saber caminar junto a alguien sin ocupar el lugar de Dios, sin jugar a ser terapeuta y sin convertir el dolor de otra persona en una oportunidad para dar consejos.
Jesús se acercaba al sufrimiento humano con compasión.
Veía personas, no problemas.
Escuchaba historias, no etiquetas.
Y nosotros estamos llamados a aprender de esa manera de cuidar.
Por eso la formación no es lo contrario del amor.
La formación es una forma de amar mejor.
Cuando nos preparamos, no dejamos de depender de Dios.
Al contrario.
Ponemos nuestras capacidades al servicio de aquello que Él nos ha confiado.
Porque la buena voluntad abre la puerta.
Pero la preparación nos ayuda a saber qué hacer cuando entramos.
Querer ayudar es hermoso.
Aprender a acompañar es una responsabilidad.
Por: Instituto INFFA