La iglesia donde "eso nunca iba a pasar"

Cada domingo, al terminar el culto, el pastor Daniel observaba con satisfacción el movimiento en la iglesia. Los niños corrían por los pasillos entre risas. Los adolescentes conversaban en pequeños grupos. Los padres saludaban tranquilos mientras los voluntarios organizaban las actividades de la semana.

Era una congregación unida. Familiar. Cercana.

Una de esas iglesias donde todos se conocían por su nombre.

Una tarde, durante una reunión de líderes, alguien comentó que otra iglesia de la ciudad había comenzado un programa de formación sobre prevención del abuso sexual.

Hubo un breve silencio.

Entonces uno de los ancianos sonrió y dijo:

—Eso está bien… pero aquí nunca hemos tenido un problema así.

Varios asintieron con la cabeza.

Era una respuesta sincera. Nadie hablaba desde la indiferencia. Simplemente creían que el cariño, la confianza y los años de amistad eran suficientes para mantener a salvo a la congregación.

Semanas después, en un encuentro de pastores, el mismo tema volvió a surgir.

—Esas cosas suelen ocurrir en iglesias muy grandes —comentó otro líder—. Nosotros somos una familia. Todos nos conocemos.

Daniel volvió a asentir.

Parecía una explicación razonable.

Hasta que un pastor con muchos años de experiencia hizo una pregunta que cambió el ambiente.

—¿Creéis que el tamaño de una iglesia protege a un niño?

Nadie respondió.

El silencio fue más elocuente que cualquier argumento.

Aquella noche, de regreso a casa, Daniel comenzó a hacerse preguntas que nunca antes se había planteado.

¿Realmente estaban preparados?

¿Existía un protocolo claro?

¿Sabían los voluntarios cómo actuar si un menor revelaba una situación preocupante?

¿Conocían los límites adecuados en el trato con niños y adolescentes?

La respuesta era incómoda.

No lo sabían.

Los días siguientes fueron una oportunidad para seguir aprendiendo.

En una conferencia escuchó otra frase que desmontó una idea muy extendida:

—Hablar de prevención no genera desconfianza. Genera seguridad.

Aquellas palabras le hicieron recordar una conversación con una familia que visitó la iglesia meses atrás.

Antes de decidir quedarse, preguntaron si existían medidas específicas para proteger a los menores.

En aquel momento, Daniel respondió hablando del cariño de los voluntarios y del compromiso de los líderes.

Hoy comprendía que aquella familia esperaba otra respuesta.

Esperaba procedimientos.

Esperaba formación.

Esperaba una cultura de cuidado.

Esperaba evidencias de que la iglesia se tomaba en serio la protección de los más vulnerables.

Fue entonces cuando cayó el último mito.

Durante años había repetido una frase con absoluta convicción:

—Confiamos plenamente en nuestros líderes.

Y era cierto.

Pero también comprendió que la confianza y la prevención no son alternativas.

Son complementarias.

Los mejores protocolos no nacen porque se desconfía de las personas.

Nacen porque se ama a las personas.

Porque también protegen a los voluntarios de falsas acusaciones.

Porque ofrecen claridad cuando aparecen situaciones complejas.

Porque ayudan a actuar con responsabilidad, transparencia y justicia.

Un domingo, antes de comenzar el culto, Daniel reunió a todo el equipo de ministerio infantil.

Les dijo algo que ninguno esperaba escuchar.

—Durante años pensamos que estaríamos seguros porque éramos una buena iglesia. Hoy sabemos que una buena iglesia también necesita prepararse.

A partir de ese día comenzaron a formarse.

Revisaron procedimientos.

Establecieron protocolos.

Capacitaron a sus voluntarios.

Aprendieron a reconocer señales de alerta.

Crearon un entorno donde las familias no solo encontraban un lugar para adorar a Dios, sino también un espacio donde sus hijos eran protegidos con responsabilidad.

Porque comprendieron una verdad que nunca olvidarían:

Los mitos generan vulnerabilidad.

La prevención genera confianza.

Y las iglesias más seguras no son aquellas que creen que «eso nunca pasará».

Son aquellas que deciden prepararse antes de que sea demasiado tarde.

Por: Instituto INFFA

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